TDC. El paso del Rubicón

Por Alejandro Sánchez • 26 Sep, 2009 • Sección: 2 noticias, Destacado, General

Empezamos tercera temporada con la certeza de aportar un brillo muy especial en tono histórico. “Teimpo de Cornelius”, es uno de esos encuentros radiofinicos que merecen la pena por muchos motivos, a lo que debemos de sumar la entrega, el mino y el carino con el que Pablo Jesús Gamez, “Cornelius”, los realiza.

Un lujo para todos, ahora es tiempo de…

El imperio Romano no hubiera llegado nunca a ser lo que fue, de no haber sido por la presencia de un hombre extraordinario: Julio César.

Durante casi diez años, César había combatido ininterrumpidamente contra más de 3.000.000 de guerreros helvecios, galos, germanos y britanos. 1.000.000 de ellos murieron. 1.000.000 fueron hechos esclavos. 800 ciudades fueron conquistadas. 300 naciones sometidas.

Los efectivos romanos nunca superaron los 50.000 hombres.

Si el triunfo de Alejandro Magno impresiona por el gigantesco territorio conquistado, el de César lo hace por las increíbles cifras antes expuestas y por las enormes consecuencias que para la cultura occidental tuvo la conquista y romanización de los territorios de las Galias y las Islas Británicas. Jamás en la Historia un general había conseguido un triunfo de tal magnitud.

Pero hoy es dia  13 de Enero del año 49 antes de Cristo. Es de noche y hace mucho frio. Nos encontramos  en la húmeda orilla de un pequeño rio de Italia. Un general romano, Julio Cesar, cambiará esta noche  el curso de la historia cruzando este pequeño rio.

El nombre de este rio es…Rubicón.

El primer Triunvirato de Pompeyo, Craso y César, que eran entonces los tres hombres mas poderosos de Roma, no duró mucho porque después de conquistar la Galia, Julia, hija de Cesar,  falleció de parto y Craso también había fallecido en su campaña contra Persia, perdiéndose dos legiones enteras, diez mil hombres, de las cuales jamás se supo nada. (“La legión perdida”).

Al disolverse el triunvirato, negros vientos de guerra comenzaron a soplar  en el horizonte, pues ya solo quedaban César y Pompeyo. Los conservadores eran contrarios a César, por eso se aliaron con Pompeyo,  que siempre fue envidioso y receloso de la gloria de César. La causa fue que el soberbio éxito de Cesar disparó todas las envidias y rencores de la aristocracia dominante en Roma. Las conspiraciones de sus enemigos conservadores le cerraron todos los caminos posibles, llegando a acusarle de traición y pidiendo públicamente su condena al exilio; y Pompeyo, irritado por la creciente gloria militar de César, se pasó al bando aristocrático que pretendía acabar con César por medios completamente ilegales.


Cuando el Senado ordenó a Cesar devolver la legión que Pompeyo le había prestado y enviarla junto con otra de las suyas a Italia, César obedeció, desprendiéndose de dos legiones completas. Pero pidió garantías al Senado, y el Senado respondió anulando todas las leyes de César. Los tribunos de la plebe, que eran intocables por Ley, vetaron la orden y por tal motivo estuvieron a punto de ser linchados por los senadores. Huyeron a la Galia y se presentaron ante César con los vestidos rasgados y llenos de magulladuras; seria destacable el rostro de sorpresa e incredulidad de César, que trató de llegar a un acuerdo con Pompeyo, pero éste se negó a dialogar. Entonces el Senado, envalentonado, ordenó que los legionarios galos fueran expulsados de las legiones de Roma y todo el ejército se volvió hacia César, su general, que estaba atónito, esperando una respuesta de su Jefe.


César, no queriendo abusar de la situación, en un último intento por seguir contando con el apoyo de Pompeyo y prevenir una guerra civil, le ofreció la mano de una de sus sobrinas, pero Pompeyo se casó con Cornelia Metella, hija de Metellus Scipio, uno de los peores enemigos de César.

Feas se ponian las cosas para Cesar, que se enfureció; y el Senado al final tomó la decisión: exigió a César deponer su ejército, licenciar a las tropas y entrar en Roma como simple ciudadano, o bien declararse enemigo de Roma. ¡Brava  manera de recompensar al hombre que, tres años antes, en Alesia,  habia conquistado a toda la Galia, para Roma…!


Aquella noche hacia un frio terrible, cuentan los historiadores, con la humedad del Rubicón, que se pegaba hasta en los huesos de los soldados. Pero ningun soldado se movió de allí.

Cuando Cesar vio el Senatus consulto que estaba grabado en piedra, en el camino de Rimini a Cesena, según el cual  “se entregaba a los dioses infernales y se declaraba sacrilego y parricida a cualquiera que con un ejercito, con una legión, o simplemente con una cohorte, cruzase el Rubicón”,  Cesar se detuvo en seco, y toda la Décima y las otras legiones hicieron lo propio; se quedó montado en su caballo, quieto, inmóvil, mirando al suelo. Los soldados estaban en silencio. No se oía ni el aleteo de un pajarillo. Y es que el río tenía especial importancia en el derecho romano porque a ningún general le estaba permitido cruzarlo con su ejército en armas. A partir del año 59 a.C, sirvió de frontera entre las provincias romanas y la Galia Cisalpina, para que así Roma quedara protegida de amenazas militares internas.


César siempre tuvo un temperamento tranquilo, sosegado, educado y era muy reflexivo, aunque cuando tomaba una determinación era muy rapido en ejecutarla. Pero aquella noche, a orillas del rio Rubicón, Cesar estaba preocupado, irascible, y por si fuera poco la tarde anterior había sufrido otro ataque del mal de los dioses (epilepsia). Aquello no era propio de César. Sus tropas lo contemplaban, a la orilla del rio, mirando al cielo y gritando:

“¡Oh, Dioses! ¿Que he de hacer? ¡Decídmelo!

Le tuvo  que costar mucho trabajo aventurarse a cruzar el rio, porque nadie antes de él lo había hecho, y a ningún general le estaba permitido cruzarlo con su ejército en armas. Además, cruzarlo significaba cometer una manifiesta ilegalidad y un sacrilegio, convertirse en enemigo de la República e iniciar la guerra civil. El rio era el limite del poder de César, que era el amo de toda la Galia. Cesar indicó a sus hombres como estaba  la situación y las consecuencias que tendría cruzar el rio, y les dijo que si bien hasta  ahora les habia ordenado y mandado como a soldados, ahora les hablaba como hermanos.

Pero tras las dudas, César se decide a cruzar el rio. No obligó a nadie a seguirle, pero sus hombres respondieron como un bloque y secundaron a su general. A los soldados les  importaba un rábano el cumplimiento de la Ley: adoraban a su jefe.  Era el aristócrata de más alta cuna que había en Roma, pero siempre defendía al pueblo, y lloraba ante los cadáveres de sus compañeros de armas. ¡Cuantas veces lo vieron  llorar derramando lágrimas cuando uno de los suyos  caia! Siempre ensalzaba a sus soldados. No obstante ser Cesar  el mas grande general que dió Roma, sin embargo dormía en el suelo, al raso, con sus soldados, y comía el mismo rancho frio que ellos. ¡Hablaba siempre con ellos  como si fuéran sus iguales! No es de extrañar que los soldados de Cesar lo amaran hasta el paroxismo, no teniendo más voluntad que la de Cesar.


Entonces César  pronunció su famosa frase:

¡Vayamos allá donde nos llaman los dioses y la injusticia de los hombres! ¡Alea iacta est! ¡La Suerte está echada!”

Ese fue el grito de guerra de César, al que sus legionarios contestaron con el celebérrimo de

¡O Cesar, o nada!

Todas las legiones estallaron en gritos de júbilo. Era lo que estaban esperando. El cruce del Rubicón cambiaria el curso de la historia.


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2 comentarios »

  1. Tengo los pelos de punta!! sentada en mi sofa, con los ojos cerrados, me he transportado hasta ese fantastico lugar, viviendo la historia como uno de aquellos soldados.

    Un abrazo!

  2. Desde luego estoy con Esther, vaya historia amigo Pablo. Yo me quedaría escuchandote todo el día, porque es fascinante poder aprender de personas como tu.

    Gran trabajo amigo, gracias por regalarnos todo eso que llevas dentro.

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