TDC.- Nuremberg, el jucio de la historia.

Por Alejandro Sánchez • 16 Ene, 2010 • Sección: Destacado, General

En agosto de 1945 el mundo sentó en el banquillo a los mayores criminales de la historia. En la ciudad de Nuremberg había comenzado el juicio contra toda la cúpula nazi.

Amigos es un placer presentarnos este documento perfectamente elaborado por nuestro letrado Pablo Jesús Gámez. Como abogado no podríamos haber tenido mejor colaborador para contarnos este triste y apasionante momento de la historia.

Recuerdo que siendo niño, junto a mi padre vi por primera vez la película “ Vencedores y vencidos”. Jamás olvidaré las fuertes emociones que me produjo encontrarme con la atroz realidad de nuestra historia cercana. Hoy os invito conocerla a manos de un gran hombre y amigo de este programa.

Año 1.945. Ha terminado la 2ª Guerra Mundial. Un rastro de sangre, horror, muerte y destrucción asola Europa, y la profunda herida de la guerra la cruza de parte a parte. Tres meses largos después, concretamente el día 20 de noviembre de 1.945 comienza el Juicio de Nuremberg, el famoso proceso contra los altos jerarcas de la Alemania nazi, por crímenes de guerra, crímenes contra la paz y crímenes contra la humanidad. El problema que se planteó es que no existía en aquella época precedente alguno de celebración de un juicio internacional y de un derecho internacional reconocido por todas las naciones, lo cual constituía un gran obstáculo para imputar delitos a los políticos desde instancias ajenas a la soberanía de su Estado.

Articulo interactivo con audio :

Como no había precedentes, se produjeron fuertes discrepancias en cuanto al aspecto formal del proceso. Stalin se inclinó por una justicia lo más expeditiva posible, y esa sería la idea mantenida finalmente por Churchill cuando en los últimos meses de la guerra manifestaba desear fusilar a los jefes nazis en menos de seis horas, se conoce que Churchill tenía mucha prisa. Pero los americanos eran más reflexivos, y se decidieron desde un principio por rechazar la ejecución sumarísima, y ésta era la opinión del Presidente Truman, así que triunfó la vía procesal sobre la vía sumaria y se estableció un proceso público sobre bases jurídicas para realizar un juicio tal como se celebraría por el Acuerdo firmado el Londres, el 8 de agosto de 1945, firmado por 26 países, en el que se decidió la creación de un Tribunal Internacional Militar.


El proceso se celebró en el Palacio de Justicia de Nuremberg, un edificio que se había salvado de la guerra con una gran sala en la que se habían aprobado las leyes más racistas del Tercer Reich, y celebrado los Congresos anuales nazis.

Se les acusaba de cuatro cargos: crímenes contra la paz –planear, instigar y librar guerras de adhesión violando los tratados internacionales–; crímenes contra la humanidad –exterminio, deportaciones y genocidio–; crímenes de guerra –violación de las leyes de la guerra–; y conspiración para cometer cualquiera de los crímenes anteriores. Fueron seleccionados entre 800 altos jefes, 21 acusados, entre ellos los más poderosos personajes del régimen nazi.


Los veintiún acusados se sentaron en dos largos bancos corridos, con un pequeño pasillo en el centro, siguiendo cierto orden jerárquico. Ante ellos, sus abogados trabajaban sentados en sillas individuales y frente a éstos, en un estrado en alto, los jueces, tras los cuales se encontraban las banderas de los países vencedores. Se reconstruyeron sucesos como el incendio del Reichstag, la Noche de los Cristales Rotos, la anexión de Austria, los Sudetes, la invasión de Checoslovaquia, la de Polonia, la operación Barba Roja, la invasión soviética, las técnicas de despoblación, las ejecuciones masivas, las prácticas médicas contra enfermos y deficientes, los campos de concentración y exterminio –destinados sobre todo a la eliminación cruel y despiadada de la población judía–. También se proyectaron imágenes en diapositivas y películas.


Muy pocos responsables de la barbarie alemana fueron juzgados, pues a Nuremberg llegaron solo las caras más conocidas del Tercer Reich, al menos, aquellas personas que aún seguían vivas al momento de celebrarse el proceso. Himmler, Goebbels y el propio Hitler ya se habían suicidado antes para evitar ser juzgados; solo Goering llegó vivo a Nuremberg en su condición de gran jerarca nazi. El otro jerarca que acompañó a Goering durante el proceso fue el siempre misterioso e intrigante Rudolph Hess, mano derecha de Hitler, quien, por su parte, aparentó no estar mentalmente sano, apenas en su alegato final esbozó cierto grado de cordura cuando dijo que no se sentía arrepentido de haber servido al hombre más importante que había nacido en tierras alemanas en los últimos mil años, refiriéndose naturalmente a Adolf Hitler. Nunca se sabrá si Hess simuló su estado de locura.

Hermann Goering, por su parte, también defendió a Hitler con una vehemencia que mereció la admiración de sus adversarios. Mientras los generales y ministros de Hitler se echaban las culpas unos a otros haciendo recaer la responsabilidad en Hitler como impartidor de las órdenes, Goering se levantó indignado y dijo ante el tribunal : “Cómo me hubiera gustado que los alemanes aquí presentes limitaran su defensa a tres palabras: “chupame el culo”. Goering bajó la vista una sola vez durante todo el proceso, en ocasión de la exhibición de algunas escenas de los campos de exterminio, y jamás se quebró ante el maltrato de sus carceleros. El otrora Reichsmarschall vestía unas ropas viejas y gastadas y era obligado a comer en una lata sin cubiertos en una pequeña celda de 3×3 sin calefacción ni agua caliente. El mismo trato recibieron el resto de los prisioneros. En Nuremberg Goering fué la figura estelar ante la ausencia de Hitler que astutamente se anticipó a la intención de los aliados suicidándose y ordenando quemar su cuerpo. El resto de los prisioneros, especialmente los ministros de Hitler, demostaron una conducta cobarde y egoísta que no sólo indignó a Goering sino también a sus acusadores. El arrogante y soberbio Ribbentropp se rebajó a niveles increíbles con tal de salvar su pellejo pronunciando frases ridículas como cuando se negó a revelar los secretos del pacto ruso-germano de 1939 alegando sus deberes de discreción como diplomático; Schact no entendía de qué lo acusaban; Frank apelaba al juicio de Dios para condenar el reinado de Hitler; Kaltembrunner se consideraba una víctima de Himmler; Von Papen en su rol de corderito inocente consideraba a Hitler como un embustero patológico que los había engañado a todos; Hess repetía que no se acordaba de nada; Keitel se escudaba en su obediencia como soldado y por lo tanto se consideraba exento de toda responsabilidad.


Los aliados, convencidos de que Hermann Goering era una figura patética que con su presencia desacreditaría el régimen nazi, cuidaron su voluminosa humanidad como si fuese una pieza de diamante hasta el inicio del juicio. El estupor de los aliados fue general cuando vieron que Goering se presentó haciendo gala de una agresividad y de una brillantez mental que les era desconocida (en los test de inteligencia que le efectuaron durante el juicio, Goering demostró poseer un intelecto de genio). Durante el juicio Goering perdió más de cuarenta kilos y se liberó de la dependencia de la morfina cuando su vida estaba llegando al final. No obstante, exhibió durante el juicio una solidez asombrosa en su defensa. Su carisma y ascendiente sobre el grupo de camaradas e incluso con los guardianes, sumado a su vehemente defensa de Hitler transformó su presencia en el juicio en un efecto “boomerang”.

No obstante, todo estaba ya visto para Sentencia. Ésta se dictó el 1 de octubre de 1946. Hess, Raeder y Funk fueron condenados a cadena perpetua; Speer y Schirach fueron condenados a veinte años; Neurath, a quince años; Doenitz, a diez años. Fueron condenados a morir en la horca: Goering, Ribbentropp, Keitel Kaltenbrunner, Rosenberg, Frank, Frick, Streicher, Seyss-Inquart, Sauckel, Joel y Bormann (fue condenado en ausencia puesto que se hallaba prófugo). En lo que respecta a los acusados Schacht, Fristzsche, y Von Papen fueron increíblemente absueltos. Las ejecuciones fueron realizadas en la mañana del 16 de octubre de 1946, por un verdugo profesional, en un patíbulo instalado en el viejo gimnasio de la prisión de Nuremberg. Sus cuerpos fueron incinerados en un horno crematorio en Dachau y sus cenizas esparcidas en el cercano río Isar. Goering evitó la horca ingiriendo cianuro en su celda, dos horas antes de la ejecución.

La acusación presentó 2.360 documentos, la defensa 2.700, el tribunal oyó a 240 testigos y verificó 300.000 declaraciones juradas.

¡Por todos los dioses…como me hubiera gustado presenciar ese juicio!

Mi nombre es Cornelivs y espero que les haya gustado. Buenas noches.


Comparte este articulo:
  • Envia por E-mail este articulo a un amigo!
  • Imprime este articulo!
  • Facebook
  • Live
  • MySpace
  • Digg
  • Google
  • Meneame
  • BarraPunto
  • BlogMemes Sp
  • del.icio.us
  • TwitThis
Etiquetado con: , , , , , ,

Escribe un comentario

Conéctate :