DMH.-Cromwell

Por Alejandro Sánchez • 16 Ene, 2010 • Sección: General

Una vez más la noche de la radio se convierte en el escenario para que el particular diario del doctor Pedro Gargantilla nos revele las particularidades casi delirantes de un personaje de la historia, en esta ocasión Crowmwell. No sé si es correcto decir que murió por rechazar los “polvos de la condesa” o por ser un católico profundo. Lo que no nos cabe la menor duda que conocer los hechos desde la perspectiva médica que nos propone Pedro es siempre particular e irrepetible.

Una página más, una joya para todos.

Hablar de Oliver Cromwell a un irlandés es como mentarle la bicha. Y no es para menos, ya que fue en 1649, durante el mandato de Cromwell, cuando Irlanda fue conquistada por las tropas inglesas. Claro que los ingleses no opinan lo mismo. En el año 2002 la BBC hizo una encuesta y Cromwell fue elegido en el puesto número 10 dentro de los británicos más famosos de la Historia. Su estatua se levanta actualmente frente a la abadía de Westminster.

Oliver Cromwell es una de esas figuras de la Historia sobre la que los especialistas no llegan nunca a ponerse de acuerdo. Le tocó vivir una época convulsa, llena de cambios históricos y revoluciones. Ha pasado a la historia, entre otras cosas, por ordenar la ejecución de Carlos I de Inglaterra. Quizás no todo el mundo sepa que después de que el verdugo terminará su trabajo, Cromwell permitió que la Familia Real volviera a coser la cabeza al cuerpo, para poder enterrar el cadáver de una sola pieza.

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Durante la Guerra Civil, a pesar de que no tenía ningún tipo de experiencia militar, Cromwell consiguió destacar en numerosas batallas y ascender al grado de teniente general. Poco tiempo después se convirtió en Lord General y máximo responsable de las campañas de conquista de Irlanda y Escocia. Allí sufrió las picaduras de un mosquito llamado Anopheles, que le causaría el primer brote de una enfermedad que nunca le abandonaría, la malaria.

En aquella época el paludismo o malaria tenía tratamiento, un fármaco llamado quinina que se extraía de la corteza del árbol de la quina y que era distribuida en Europa por los jesuitas. A este tratamiento se le conocía con dos nombres, los polvos de los jesuitas o los polvos de la condesa, ya que fue introducido desde América por la condesa de Chinchón. ¿Se imagina la cara que pondría un paciente si su médico le recetase polvos de condesa cada 8 horas?


Si Cromwell tuviera que escribir su currículum vitae además de político y militar debería incluir su exacerbado fanatismo religioso. Su extremismo religioso lo llevó hasta extremos insospechados. De muestra sirva un botón. A pesar de que fue atendido por uno de los mejores médicos ingleses de todos los tiempos, el doctor Sydenham, se negó a tomar quinina para tratar su malaria. ¿Por qué? Muy sencillo. ¿Cómo iba a tomar un protestante de pro un tratamiento que se llamase “polvos de los jesuitas”? Antes muerta que sencilla.

Su osadía le costó cara, en 1658 murió de un brote de paludismo mientras se encontraba en Whitehall. Con todos los honores fue enterrado en la abadía de Westminster. A partir de ese momento Inglaterra se sumergió en una época oscura, que acabó finalmente con la instauración de un nuevo régimen monárquico, con Carlos II al frente. Este monarca era hijo de Carlos I, aquél al que Cromwell mandó cortar la cabeza. Así que una de las primeras medidas que tomó fue saldar cuentas con el asesino de su padre.

Ordenó que el cuerpo de Cromwell fuese exhumado, llevado hasta Tyburn y sometido al llamado “ritual de la ejecución póstuma”. El 30 de enero del año siguiente los restos fueron colgados de unas cadenas, su cabeza fue decapitada y colgada de una lanza que permaneció a la entrada del Westminster Hall hasta 1685. ¡La verdad es que un poco rencoroso sí que era Carlos II!

A partir de ese año la cabeza de Cromwell inició un largo viaje, sí, sí, como han oído, comenzó a viajar. Al parecer durante el transcurso de una tormenta la cabeza cayó al suelo y uno de los guardias reales, aprovechando que nadie le veía, la cogió y se la llevó a casa. No sabemos donde la puso, si encima de la chimenea o en el trastero, pero sí sabemos que permaneció oculta hasta 1710. Posteriormente, pasó a manos de un actor, de un joyero, fue uno de los tesoros de un espectáculo circense de curiosidades y finalmente entró a formar parte de una exposición. Cromwell asentó definitivamente la cabeza en 1960, tres siglos después de su muerte, cuando fue enterrada en los jardines del Sydney Sussex Collage, en donde permanece actualmente.

Una última curiosidad, en 1647 Cromwell abolió la Navidad, por considerarlo inmoral. Durante trece largos años los niños británicos no recibieron la visita de Santa Claus. Afortunadamente en 1660 la Navidad volvió a instaurarse. ¡Algo bueno tuvo el reinado de Carlos II!

Esta ha sido una página más del “Diario de un médico en la Historia”, mi nombre es Pedro Gargantilla y espero que les haya gustado.


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